"Ética, sobre la moral y las obligaciones;
estética, de la belleza y el arte;
y otras cosas..."


martes, 24 de febrero de 2015

FRASES, CITAS Y PENSAMIENTOS (V)













"No es necesario subir una montaña para saber si es alta".
                                                               
"El barco está más seguro cuando está en el puerto; 
pero no fue para esto que los barcos fueron construidos".

"Las cosas importantes hay que decidirlas con tranquilidad, lentamente". 

"Un problema después de resuelto es de una simplicidad aterradora". 

"Las personas siempre llegan a la hora exacta donde están siendo esperadas".

                                                             
                                                                                       (Paulo Coello)



domingo, 28 de diciembre de 2014

CAPACIDAD DE ASOMBRO





“El día que perdemos la capacidad de asombro comenzamos a envejecer”. Así de sencillo, breve y directo. Este sería el mensaje clave, la idea fuerza que me gustaría tener presente en todo momento para el próximo año nuevo, para los próximos tiempos. El objetivo sería recordarlo de forma clara e inequívoca para no caer en esa pérdida de capacidad buscando todo lo contrario, es decir, hay que asombrarse y emocionarse todo lo que sea posible y siempre que se pueda. Y sé que no va a ser nada fácil, lo sé. Pero hay que intentarlo.

Porque en el intento está la posibilidad de alcanzar el éxito o un logro. Hace mucho tiempo aprendí que es importante ponerse metas y objetivos por encima de nuestras posibilidades, pero no imposibles o inalcanzables; por encima, pero cercanas, para eso mismo, para acercarnos cuanto podamos a su consecución. Otra cosa nos llevaría a la más que segura desmotivación y abandono sin intentarlo apenas. En cambio, esforzarnos por alcanzar nuestro cercano y motivador objetivo, nos mantendrá despiertos, atentos, con la tensión necesaria, vivos en definitiva. 

Y es que con la edad, a medida que  se van cumpliendo años, cada vez más nos asombramos menos, lamentablemente. La situación general actual tampoco es que acompañe mucho, la verdad sea dicha. Por poner ejemplo, uno propio mejor, es que cada vez me equivoco menos con las personas, claro que eso es parte de mi trabajo. Tristemente he tenido que concluir y claudicar que no me ha sorprendido tal o cual persona, pero sí que me ha decepcionado. Por eso cuando alguien me sorprende gratamente no dejo de alegrarme, casi emocionarme, aunque me haya equivocado en la previsión. Lo mismo me pasa cuando pasa algo bueno e inesperado, de forma individual o colectiva, que me alegro aún más, porque eso es lo que nos hace falta, alegrarnos un poco y no decepcionarnos tanto.

La capacidad de asombro se tiene intacta en la infancia. Los niños se sorprenden constantemente en el descubrimiento de lo nuevo, por simple que sea, como ver por vez primera pasar un tren, o un avión, y abren los ojos de par en par, dibujan una “o” con sus labios, y se les ilumina la cara. Esa capacidad va unida a la fantasía y a la inocencia, pero poco a poco se va transformando, quizás advertidos ante los miedos de sus mayores,  de la dura realidad, del “ten mucho cuidado”, del “no te fíes de nadie”. Y mira que es bonita esa inocencia, la de la noche de  los Reyes Magos o las visitas del Ratoncito Pérez, o de la cigüeña que trae a tu casa un hermanito, una hermanita, o ambos dos. La que se emociona con un cuento o una marioneta hecha con un viejo calcetín y dos botones.

Pero esa capacidad, y otras, poco a poco van desapareciendo en muchas personas. A algunas les desaparece de golpe. No es el caso de dos personas de las que me acuerdo de mi época de estudiante cuando daba clases particulares de E.G.B. en el siglo pasado, un niño de no más de seis años (hoy un hombre y padre ya), y una mujer de más de sesenta, ya octogenaria (le falta poco para ser bisabuela), y que aprendieron a leer conmigo y que me enseñaron mucho. Antoñito no había forma de que leyera en su cartilla Micho la palabra “churro”: “ch-u…chu, rr-o…rro, chu-rro, y ahora todo junto Antoñito”. Y Antoñito, en él todo gracia y desparpajo, me dijo: “ca-len-ti-to”. Mi cara de sorpresa y alegría sería un poema, y él se ganó un fuerte apretón de manos, casi un abrazo. Valle, casi con vergüenza, me dijo que quería aprender leer, a pesar de su edad, me decía. No fue para mí tan fácil como con Antoñito, pero la satisfacción fue indescriptible cuando mi alumna leyó su primer texto completo, después un cuento y algún que otro libro. Sus caras y la mía eran la misma, la de asombrarnos, emocionarnos, alegrarnos e ilusionarnos, mutuamente. 
  
Alguna vez he recomendado algún libro. En esta ocasión  recomendaré una película, o que se vuelva a ver si se puede. Se trata de la oscarizada “La vida es bella”, de Roberto Benigni, y que cuenta la historia de Guido, Dora y Giosuè, una historia para asombrarse y entrenar la capacidad de, de asombrarnos, digo.


¡Feliz Navidad y Feliz Año 2015! 



martes, 23 de diciembre de 2014

CON EL DESEO DE QUE LE INTERESE





A lo largo de mi vida sólo me han dedicado un par libros o tres, con su correspondiente dedicatoria nominativa por parte de sus autores. No han sido muchos, la verdad, y eso que de libros tenemos unos cuantos de cientos, y de cuentos, cien y cientos.  El motivo puede ser que no soy muy mitómano que digamos, y porque lo cierto y verdad es que siempre me ha dado un poco de vergüenza, pudor, o lo que sea. Por poner un ejemplo, diré que jamás he pedido un autógrafo a ninguna persona famosa, aunque ganas no me han faltado alguna que otra vez, y lo de hacerme una foto, mucho menos. En fin, cosas mías.

Y para un libro que me dedican recientemente, previa adquisición, haciendo mi correspondiente cola, tras una presentación solemne solemnísima, la dedicatoria es: “Para Diego, con el deseo de que le interese este libro. Un abrazo” (Firma ilegible). Que desea me interese, dice el autor. Pues bueno, en eso no se va equivocar el hombre, porque si no me interesara como que no hubiera ido a la presentación y no hubiera comprado su novela. Pero “no” es una palabra  muy corta  y muy contundente. Porque con las referencias que tenía,  yo sabía positivamente,  y estaba más que seguro, que me iba a gustar, y claro está, adelanto desde ya que efectivamente sí me ha interesado, no sea que alguien interprete a priori de forma contraria.




Cuando leí por primera vez la dedicatoria, in situ y delante del novelista, me pareció austera, sencilla y muy modesta. Me sorprendió, un poco, pero no tanto. No sólo por conocer la biografía del autor, su humanista y vasta formación, su dilatada y polifacética trayectoria profesional, sus múltiples publicaciones, sino también porque dedicaba su libro a una persona desconocida, cosa de la que nos olvidamos cuando estamos delante de alguien reconocido o famoso, que como lo vemos frecuentemente en los medios de comunicación, se nos olvida la imposible reciprocidad del trato, su conocimiento y mucho menos el reconocimiento. El autor se llama Antonio Guerra, y su libro “La Mina”.

No piense que voy a hacer ninguna crítica de La Mina. Ya se ha escrito en nuestra revista sobre el autor y sobre su libro, primera parte de una trilogía  que se completará en los próximos años. Diré, eso sí, que es una novela muy especial,  de ficción pero histórica, cercana que trasciende lo local, de verdad como la vida misma, tierna y muy dura a la misma vez,  que va de menos a más, que desde la narración  impersonal o colectiva de un grupo de jóvenes, de forma intencionada  va confundiéndose con la primera persona y muy personal de uno de ellos, para terminar envolviéndote y pensando al final que, efectivamente, nos encontramos ante una novela verdaderamente singular, como  muy bien la define su editor y nuestro querido director Salvador de Quinta.  

Digo que no, pero no puedo. No puedo dejar de comentar algo más. En el libro hay dos personas que dicen algo parecido a lo de mi dedicatoria-deseo del autor. Son dos defensores y amantes de la libertad, maestros o profesores del protagonista, del joven que cuenta la historia, la de su pueblo, la historia que trasciende de lo local. Docentes ambos como lo ha sido, como lo es el propio autor, uno afirma, “…me han interesado mucho estos siete capítulos…”; el otro, casi al final pregunta modestamente tras una poética clase magistral “¿De verdad os ha interesado?”   

“Pues sí, me ha interesado, de verdad, y mucho. También muchas gracias, porque cada vez que la leo me gusta más mi personal y nominativa dedicatoria. Otro para Usted”. 


lunes, 8 de diciembre de 2014

FRASES, CITAS Y PENSAMIENTOS (IV)















Hace ya mucho tiempo, en una época de mi vida profesional, visitaba un despacho de vez en cuando, el de un buen funcionario que tenía muy cercana su merecida jubilación. Detrás de su mesa, entre el cristal y la madera de un mapa de la provincia de Sevilla, tenía escrita de su puño y letra dos citas. Nunca le pregunté si eran suyas, ni desde cuándo las tenía escritas, pero un día que se ausentó un momento se las tomé prestadas, y son éstas que se comparten ahora.


"Sólo somos dueños de nuestros silencios; la palabra dada ya no nos pertenece".

"El principal objetivo del conocimiento no consiste en abrir la puerta de la sabiduría infinita, sino en poner coto al error infinito".




lunes, 10 de noviembre de 2014

FRESES, CITAS Y PENSAMIENTOS (III)















"Cerrar los ojos ante la evidencia es frecuente en las personas que no quieren creer en las desagradables consecuencias fruto de sus propios errores y obstinación" .

"Nuestras dudas son traicioneras y nos hacen rehusar del bien que podríamos alcanzar por el temor a intentarlo".


(William Shakespeare)



miércoles, 8 de octubre de 2014

ÁRBOL CAÍDO



La recreación fotográfica se ajusta fielmente a la realidad, o casi. Sólo la primera fotografía no corresponde con el malogrado árbol, ya que se trata de la imagen del ejemplar más parecido que pude encontrar, a no muchos kilómetros de donde se encontraba plantado nuestro singular protagonista.

Las fotos son de un eucalipto (Eucalyptus), cuyo significado etimológico viene a ser  algo así como «bien cubierto». Oriundo de Australia,  concretamente se trata de un eucalipto rojo o eucaliptus camaldulensis, que  junto con el pino, fue muy utilizado en los años 60 y 70  para reforestar, por su crecimiento rápido, pues junto a los chopos, son de las especies más productivas en cantidad de madera. Una nota característica, aunque lo es de casi todas las plantas y árboles, es que se expanden cerca de los cursos de agua. Es considerado como un árbol familiar, que produce muy buena sombra, necesaria en lugares de temperaturas extremas, y que estabiliza bancos de ríos y retiene el suelo. En su contra, pesa el hecho de que están ávidos de agua (alguna vez se han utilizado para desecar pantanos) y también sobre ellos pesa la leyenda de ser "hacedores de viudas", por la frecuencia con que se le rompen y se le desprenden sus ramas, sin previo aviso. 





La introducción "wikipédica" podría explicar de por sí la triste historia de este árbol foráneo nacido y criado en Andalucía, del motivo de su plantación, y de su propio final, porque alguien se encargó de acabar con él (doy fe de que no fue una viuda vengativa), aunque bien es cierto que resistió estoicamente más de viente años en pie cuando estaba más que sentenciado y finiquitado, hasta que el pasado invierno una tormenta con fuerte viento lo hizo caer a plomo derribándolo de forma definitiva, como apiadándose de él. Así es y así lo estoy contando, porque a pesar de que su soledad olvidada y la estampa de su tristeza ha inspirado hasta este artículo en Vía Marciala y unas pocas fotografías, se hace con el objetivo único de que se conozca su historia y para que no se olvide que existe mucho maltrato, no sólo de los humanos hacia sus semejantes, sino también hacia los animales que nos acompañan, y también sobre muchas especies vegetales que nos rodean. 






A mediados de la década de los ochenta, este ejemplar y otros cercanos a ambos lados de una carretera comarcal de nuestro término municipal y colindante con varias fincas rústicas de cultivos, de algodón principalmente, comenzaron a secarse de forma sorpresiva: primero amarilleaban sus hojas y en poco tiempo quedaban totalmente desnudos. Con la misma rapidez con la que actúa el picudo rojo en las palmeras hoy en día, y justificada su desconocida y mortal enfermedad, eran talados y arrancados de la tierra de raíz de forma inmisericorde. "Ya no beberán más agua de riego y los cultivos podrán crecer sin la molestia de este árbol extranjero", pensaría el inductor, autor intelectual que a buen seguro pagaría una mísera cantidad al ejecutor y autor material para conseguir el fin deseado. 

El modus operandi no era otro que agujerear la base del árbol con un taladro de grandes dimensiones (como una sacacorcho gigante) para posteriormente rellenar con gasoil, las veces que hiciera falta hasta  que se secara. Así se encargaría de reconocer el propio sicario de árboles en la barra de un bar con la lengua suelta, pero con pelos y señales del encargo. No me extraña que este sujeto acabara en la cárcel años más tarde, por otros delitos, porque aunque en aquel tiempo no se consideraba estos actos como tales y no existía la protección de la flora, fauna y animales domésticos de nuestro actual Código Penal, yo que aún era un adolescente, consideraba tal acto como innecesario y reprobable, en sus distintos grados de participación.






Es otoño, todo parece languidecer y entristecerse tras el largo verano, pero no quiero acabar de forma negativa ni melancólica, lo que ya es una contradicción en sí misma por el inevitable final. Aún así, nos quedaremos, pues, con una de esas reflexiones anónimas propia de las actuales redes sociales de alguien con mucha más sensibilidad que los humanos de esta historia, alguien que imagina los consejos que podría recibir de un árbol, porque todo el mundo sabe que a quien buen árbol se arrima, buena sombra le cobija: "Párate derecho y orgulloso, recuerda tus raíces, toma mucha agua, sé feliz con tu propia belleza natural, y disfruta de la vida y del aire libre".  




martes, 16 de septiembre de 2014

REGALO INESPERADO













En días raros como el de hoy, al final de un largo verano, con calor aún pero con lluvia, nublado y un poco triste, está bien dejarse regalar una bonita melodía. La canción se llama "Le chose che sei per me", versión de la cantante británica Katherine Jenkins.






martes, 2 de septiembre de 2014

HISTORIAS CON BICICLETAS (III). PARTICULAR HOMENAJE A FERNANDO HERNÁNDEZ "JUANILLÓN"





Hay una cita anónima del mundo del ciclismo que dice que “No se deja de pedalear cuando se envejece, sino que se envejece cuando se deja de pedalear”.  Los que somos de Utrera, tenemos una referencia inequívoca de la veracidad de esta reflexión sobre quienes practican el deporte de las dos ruedas, y es que quienes conozcan a Fernando Hernández (más conocido en el mundo ciclista como Juanillón), podrán dar fe de su vitalidad, lozanía y buen ánimo, todo un personaje y todo ejemplo para los más jóvenes.  De Juanillón se  puede escribir toda una biografía deportiva de su dilatada y laureada carrera cuasi profesional.  Habitual de los pódiums obteniendo premios y reconocimientos en eventos cicloturistas en los que sigue participando, cuenta ya con  tres cuartos de siglo en sus piernas, y suma y sigue.





Hace unos meses Juanillón dejó de verse por un tiempo en sus habituales salidas en bicicleta de montaña. Hay que decir, que se apunta  con cualquier grupo organizado que emprenda rutas, entre semana o en fines de semana, y de verde casi siempre, pues viste tanto los colores de la Peña La Fábrica Nieve como de la Asociación Legiones de Leptis, y si llueve, se le reconoce de lejos gracias a su exclusivo chubasquero color amarillo anaranjado, y es que no para. “Tiene un hombro fastidiado de un pequeño accidente, pero nada grave, pronto vuelve”, me dijeron, y me quedé más tranquilo. Pero el que no estaba tranquilo era él, ni había dejado de salir de forma habitual. Yo mismo lo descubrí en Vistalegre, en la antigua carretera de Molares, el solo, arriba y abajo, en su bicicleta, de paisano, con un alfiler de la ropa en los bajos del pantalón para no marcharlo de grasa, con su lesionado brazo en cabestrillo, y no perdiendo la forma física para así poder participar en la III Marcha Cicloturista “El Mostachón”, que organizó el Club Utrera en Bici en el mes de junio.




Pues bien, el caso es que de Juanillón se cuentan muchas historias y anécdotas, y él mismo también las cuenta muy jovial y campechano. Por poner un ejemplo de su perfil deportivo en sus comparecencias kilométricas, él no toma modernidades tales como barritas energéticas y geles isotónicos, no, el se repone con mantecados y polvorones de Estepa, hasta en los meses de Julio y Agosto y a las siete de la tarde, “para que no se me caduquen”, dice él. Aunque para historia, una de las mejores y muy  divertida,  fue la que ocurrió  hace menos de un año en una ruta de las que organiza mi amigo Antonio Soria con La Fábrica de Nieve, a la que lamentablemente no pude asistir, pero que contadas en sus distintas versiones por testigos oculares y contrastadas con el propio protagonista y su hijo Stefan, reproduzco a continuación como si hubiera estado allí mismo.

El numeroso grupo de ciclistas de montaña  en el que iba Juanillón  ese día rondaba casi la treintena, y no se podían imaginar que la ruta vespertina entresemana sería una de las más cortas en kilómetros que se recuerde y  también una de las más recordadas, y todo por culpa (aunque yo diría más bien por arte y gracia) de nuestro veterano mountain biker de referencia. Hete ahí que en dirección a la Marisma, pasado el Cortijo del Toruño por el camino paralelo a la vía del tren y antes de llegar a Las Alcantarillas, el grupo se detuvo en seco: ¡Para, para, para…! ¿Qué ha pasado? ¡Que Juanillón ha perdido su dentadura! ¿Pero cómo ha sido eso? ¡Nada, que como íbamos tan rápidos en una arrancá y del esfuerzo se le ha salido! ¿Pero cuándo? ¿Dónde? Todas las preguntas claves, vaya. Se  pueden imaginar la situación, a medio camino entre el desconcierto, la sorpresa, la incredulidad inicial, risas, sonrisas, y la posterior  solidaridad ante el singular extravío del compañero y amigo. Estuvieron dos o  tres horas buscando, todo el grupo, pero nada, se tuvieron que volver para Utrera antes de que se hiciera de noche, con Juanillón preocupado y sin su prótesis dental, que además era nueva y le había costado un buen dinerito.

De la noticia tuve conocimiento a  través de una conocida red social de telefonía móvil (del WhatsApp para ser exactos), y del seguimiento y desenlace final también, aunque enriquecido meses más tarde con aportaciones de los propios protagonistas, de viva voz, en persona y con una cervecita de por medio. ¿Pero no te diste cuenta Fernando?   “Hombre, yo sí  me di cuenta, pero como íbamos rapidillos si paraba de golpe era peligroso, porque íbamos veinte o treinta, y tirando, así que tardamos en parar por lo menos doscientos o trescientos metros. Chispa más o menos, yo sabía donde se me había caído, pero una cosa tan chica y en medio de un camino de tierra, ya se sabe…”.  Acompañado por su hijo se fue al sitio al día siguiente, del que tenía algunas referencias geográficas, pero nada, no hubo suerte.  Él solo fue una tercera vez, con igual e infructuoso resultado. En esto que va a su médico dentista, quien le informa que la reposición le va a costar mil euros. “¡Mil Euros! ¡Déme usted 24 horas!” Se va por cuarta vez al lugar, más que trillado y sectorizado por zonas, echa casi otro día entero buscando, “vamos, los ojos se me iban a salir de tanto buscar”, y cuando ya desanimado y apesadumbrado volvía a su coche dando por perdida su prótesis de forma definitiva (y los mil euros también), va y la encuentra al fin casi por casualidad “¡Allí mismo estaba! ¡Al lado de mi coche!” ¡Menos mal!

Aunque esta historia con bicicleta seguro provocará alguna que otra sonrisa, incluso puede que risa y hasta contagiosa, está escrita con todo el cariño, admiración y respeto por el deporte de la bicicleta en general, y por el amigo Juanillón en particular, al que le rindo mi humilde homenaje. Y es que como dijo el novelista, H.G. Wells, autor del El hombre Invisible entre otras novelas de ciencia ficción, "Cuando veo a un adulto en una bicicleta, no pierdo las esperanzas por el futuro de la raza humana". Pues lo mismo me pasa a mí cuando veo en bici a personas como Fernando Hernández, y esto no es ciencia ficción, sino real como la vida misma.




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