"Ética, sobre la moral y las obligaciones;
estética, de la belleza y el arte;
y otras cosas..."


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martes, 1 de septiembre de 2015

HISTORIAS EN BICICLETA (IV)



A mi amiga Isabel Sevillano,
un ejemplo de que ser buena profesional 
y ser buena persona
es perfectamente compatible.



¡Curioso duatlón!


Al final va a tener razón quien decía que las bicicletas son para el verano, porque ha pasado exactamente un año desde la tercera entrega de estos relatos bicicleteros. Cosas que pasan, digo yo. Y en esta nueva historia, resulta  además que no sólo conozco a sus protagonistas, sino que uno de ellos soy yo mismo, con lo que entenderán que no sea muy objetivo que digamos, por la parte que me afecta,  pues como me dijo una vez alguien muy docto “como sujeto soy subjetivo; si fuera objetivo sería un objeto”. Pero en fin, nuestro hilo argumental siguen siendo esos maravillosos vehículos de dos ruedas de tracción humana. Para dar la merecida relevancia ciclista viene al caso la cita anónima que dice que “No sería en absoluto extraño si la historia llegara a la conclusión de que el perfeccionamiento de la bicicleta es el incidente más grande del siglo diecinueve”. Un poco exagerada la verdad, pero ahí queda la entusiasta reflexión.

Decía que no iba a ser muy objetivo por una sencilla razón: cuando a alguien le roban una bicicleta, desde el desconcierto inicial de no encontrar su bici en lugar donde la dejó, ver en el suelo la cadena de seguridad cercenada con un cortafrío, y hacerse a la idea de que se la han robado, supone una sensación muy extraña y muy desagradable.  Se pasa en pocos segundos de una situación  que va desde el desconcierto inicial, al inmediato estado de enfado (también llamado cabreo) pasando por el disgusto hasta llegar a una sensación de abatimiento y decepción por impotencia. Además, todo ello y a la misma vez y en todo momento, acordándonos de los ascendientes y familiares difuntos del autor del delito, por muy buenas personas que sean o hayan sido. Porque te acabas de quedar sin tu bici. Esa que te ha costado tanto tiempo ahorrar para adquirirla, esa a la que le has puesto un manillar personalizado, unos guardabarros de quita y pon para cuando sales al campo o la montaña en invierno, esa de aluminio cromado que luce con los colores rojo, blanco y negro, con la que combina tu única equipación de montain bike, incluido el casco de seguridad, y no sigo, porque aún duele cuando me acuerdo.




Gary Fisher, fundador de la empresa Fisher Bicycles Riding, dice algo que se ajusta totalmente a la realidad del momento actual de la bicicleta, en España y en muchos más países,  que “Para que el ciclismo urbano triunfe hace falta una revolución en la infraestructura de nuestra sociedad. Ahora mismo un ciclista urbano debe actuar como un guerrero vial, y la bicicleta tiene que ser barata y fea para que no la roben. Eso no es una cultura favorable a las bicicletas”.

Pero bueno, la cosa es que a pesar de esta descripción de la realidad, lo cierto y verdad es que me volví a comprar  una nueva bicicleta de montaña, pero ahora de hierro, ni de aluminio ni de aleación ultraligera alguna, de marca desconocida en un conocido centro comercial de deportes de capital francés, cuyo valor no alcanza ni una quinta parte de mi añorada Specialized encargada a mis amigos de Action Bike, en Utrera. Y no sólo eso, sino que seguí yendo a trabajar a la capital subiendo mi otra bici en el tren, y no cualquier bici, sino una joya GAC de paseo de los años sesenta que fue de mi abuelo y que yo mismo restauré. Eso sí, no la perdía de vista en ningún momento (a la bici digo), y la aparcaba en un patio interior al que daba mi oficina, donde la única puerta de acceso y de salida estaba controlada por una eficientísima vigilante de seguridad cuya mesa de trabajo se encontraba en un servicio de atención al público, con control de cámaras de vídeo incluido. Vamos, que la única forma de robarme mi bicicleta de mi abuelo hubiera sido utilizando un helicóptero o una gigantesca grúa articulada, y creo que aún así mi amiga no lo hubiera permitido y hubiera puesto los medios adecuados para impedir la fechoría. Y ahora sí que no exagero lo más mínimo.




Todo esto pasaba en un barrio de la capital, de los que eufemísticamente se llaman de especial vulnerabilidad social, de actuación preferente o barrio en transición, pero podría haber pasado en cualquier parte, como así voy a demostrar. Si no, vean lo que pasó unos años más tarde  en una céntrica cafetería, en la misma Puerta de la Carne , casi esquina en la calle Santa María la Blanca y junto al turístico Barrio de Santa Cruz de Sevilla capital. Si quieren conocer su desenlace final van a tener que seguir leyendo un poco más para descubrirlo.

Plena hora punta de desayuno funcionarial, es decir, entre las 9:30 y 10:30 h. En la cafetería (y vinoteca de cocina enfocada a público sibarita) nos encontrábamos un grupo de cuatro de personas (que no un cuarteto), algunos del cuerpo superior de funcionarios de nivel provincial, corbatas por doquier, cuando entran dos parejas jóvenes, dos chicas y dos chicos, que todo hay que decirlo. Se sientan al fondo. De pronto salen corriendo como una exhalación los dos chicos, alarma del momento, algo pasa ¿pero qué? Acaban de robar la bicicleta a uno de ellos, amarrada a un naranjo de la calle con una cadena, y se han dado cuenta  al momento, que se la estaba robando un kinki que ha escapado subido en la propia bicicleta. En el local hostelero hay caras de preocupación, sobre todo en las chicas de los atletas corredores,  de asombro y perplejidad en mis acompañantes del desayuno de esa mañana. Pero yo les tranquilizo a todos tras un rápido análisis de la situación: “No preocuparse, que vuelven los dos en un momento y con la bici recuperada”.Y efectivamente, tal y como predije, así paso y así lo estoy contando: en menos de cinco minutos entran de nuevo en la cafetería los dos chicos, ahora con la bicicleta también, con caras de satisfacción y con un cortafrío de regalo, el que se había dejado olvidado en el suelo el chorizo con las prisas.

¿Pero cómo sabías que iba pasar lo que ha pasado? Hombre, haber trabajado durante casi seis años en un Barrio como Polígono Sur de Sevilla te da una especial visión de un conflicto, cierta experiencia de análisis sobre situaciones complejas, habilidades varias, sobre todo deductivas, las de todo mentalista que se precie, y es que, por este orden, estas son mis apreciaciones:

Nuestros chicos corredores son dos atletas dos (habituales) contra un solo ciclista uno (ocasional, seguramente); se les veía en plena forma física, capaces de correr los 100 metros lisos en menos de 14 segundos; ambos, casi fueron testigos del corte en la cadena, cuyo cortafrío fue olvidado por necesidad al ser pillado su dueño in fraganti cometiendo el delito; pero sobre todo, porque el ladrón cometió un error muy grave. Y es que en lugar de salir hacia la avenida en dirección al Prado de San Sebastián, donde pudo coger velocidad y escapar, se metió en sentido contrario al tráfico y dirección al centro por el Barrio de Santa Cruz, y claro, los veloces corredores alcanzaron al  torpe ciclista. Y así se consumó la práctica de la modalidad deportiva que combina atletismo y ciclismo, es decir, ahí tenéis la bici, y pies ¿para qué os quiero? A correr que se dijo, con lo que entre unos y el otro, realizaron entre todos un curioso duatlón combinado y con el mejor final que se recuerda en Sevilla. Eso sí, el amigo de lo ajeno y ocasional ciclista que escapó corriendo no comparte para nada la cita de  John F. Kennedy que dice que “Nada es comparable al sencillo placer de montar en bicicleta”.

En fin, cosas que pasan. Termino con una cita que viene al caso de Ernest Hemingway,  la que dice que “Yendo en bicicleta es como mejor se conocen los contornos de un país, pues uno suda ascendiendo a los montes y se desliza en las bajadas”. Como la vida misma…



martes, 2 de septiembre de 2014

HISTORIAS CON BICICLETAS (III). PARTICULAR HOMENAJE A FERNANDO HERNÁNDEZ "JUANILLÓN"





Hay una cita anónima del mundo del ciclismo que dice que “No se deja de pedalear cuando se envejece, sino que se envejece cuando se deja de pedalear”.  Los que somos de Utrera, tenemos una referencia inequívoca de la veracidad de esta reflexión sobre quienes practican el deporte de las dos ruedas, y es que quienes conozcan a Fernando Hernández (más conocido en el mundo ciclista como Juanillón), podrán dar fe de su vitalidad, lozanía y buen ánimo, todo un personaje y todo ejemplo para los más jóvenes.  De Juanillón se  puede escribir toda una biografía deportiva de su dilatada y laureada carrera cuasi profesional.  Habitual de los pódiums obteniendo premios y reconocimientos en eventos cicloturistas en los que sigue participando, cuenta ya con  tres cuartos de siglo en sus piernas, y suma y sigue.





Hace unos meses Juanillón dejó de verse por un tiempo en sus habituales salidas en bicicleta de montaña. Hay que decir, que se apunta  con cualquier grupo organizado que emprenda rutas, entre semana o en fines de semana, y de verde casi siempre, pues viste tanto los colores de la Peña La Fábrica Nieve como de la Asociación Legiones de Leptis, y si llueve, se le reconoce de lejos gracias a su exclusivo chubasquero color amarillo anaranjado, y es que no para. “Tiene un hombro fastidiado de un pequeño accidente, pero nada grave, pronto vuelve”, me dijeron, y me quedé más tranquilo. Pero el que no estaba tranquilo era él, ni había dejado de salir de forma habitual. Yo mismo lo descubrí en Vistalegre, en la antigua carretera de Molares, el solo, arriba y abajo, en su bicicleta, de paisano, con un alfiler de la ropa en los bajos del pantalón para no marcharlo de grasa, con su lesionado brazo en cabestrillo, y no perdiendo la forma física para así poder participar en la III Marcha Cicloturista “El Mostachón”, que organizó el Club Utrera en Bici en el mes de junio.




Pues bien, el caso es que de Juanillón se cuentan muchas historias y anécdotas, y él mismo también las cuenta muy jovial y campechano. Por poner un ejemplo de su perfil deportivo en sus comparecencias kilométricas, él no toma modernidades tales como barritas energéticas y geles isotónicos, no, el se repone con mantecados y polvorones de Estepa, hasta en los meses de Julio y Agosto y a las siete de la tarde, “para que no se me caduquen”, dice él. Aunque para historia, una de las mejores y muy  divertida,  fue la que ocurrió  hace menos de un año en una ruta de las que organiza mi amigo Antonio Soria con La Fábrica de Nieve, a la que lamentablemente no pude asistir, pero que contadas en sus distintas versiones por testigos oculares y contrastadas con el propio protagonista y su hijo Stefan, reproduzco a continuación como si hubiera estado allí mismo.

El numeroso grupo de ciclistas de montaña  en el que iba Juanillón  ese día rondaba casi la treintena, y no se podían imaginar que la ruta vespertina entresemana sería una de las más cortas en kilómetros que se recuerde y  también una de las más recordadas, y todo por culpa (aunque yo diría más bien por arte y gracia) de nuestro veterano mountain biker de referencia. Hete ahí que en dirección a la Marisma, pasado el Cortijo del Toruño por el camino paralelo a la vía del tren y antes de llegar a Las Alcantarillas, el grupo se detuvo en seco: ¡Para, para, para…! ¿Qué ha pasado? ¡Que Juanillón ha perdido su dentadura! ¿Pero cómo ha sido eso? ¡Nada, que como íbamos tan rápidos en una arrancá y del esfuerzo se le ha salido! ¿Pero cuándo? ¿Dónde? Todas las preguntas claves, vaya. Se  pueden imaginar la situación, a medio camino entre el desconcierto, la sorpresa, la incredulidad inicial, risas, sonrisas, y la posterior  solidaridad ante el singular extravío del compañero y amigo. Estuvieron dos o  tres horas buscando, todo el grupo, pero nada, se tuvieron que volver para Utrera antes de que se hiciera de noche, con Juanillón preocupado y sin su prótesis dental, que además era nueva y le había costado un buen dinerito.

De la noticia tuve conocimiento a  través de una conocida red social de telefonía móvil (del WhatsApp para ser exactos), y del seguimiento y desenlace final también, aunque enriquecido meses más tarde con aportaciones de los propios protagonistas, de viva voz, en persona y con una cervecita de por medio. ¿Pero no te diste cuenta Fernando?   “Hombre, yo sí  me di cuenta, pero como íbamos rapidillos si paraba de golpe era peligroso, porque íbamos veinte o treinta, y tirando, así que tardamos en parar por lo menos doscientos o trescientos metros. Chispa más o menos, yo sabía donde se me había caído, pero una cosa tan chica y en medio de un camino de tierra, ya se sabe…”.  Acompañado por su hijo se fue al sitio al día siguiente, del que tenía algunas referencias geográficas, pero nada, no hubo suerte.  Él solo fue una tercera vez, con igual e infructuoso resultado. En esto que va a su médico dentista, quien le informa que la reposición le va a costar mil euros. “¡Mil Euros! ¡Déme usted 24 horas!” Se va por cuarta vez al lugar, más que trillado y sectorizado por zonas, echa casi otro día entero buscando, “vamos, los ojos se me iban a salir de tanto buscar”, y cuando ya desanimado y apesadumbrado volvía a su coche dando por perdida su prótesis de forma definitiva (y los mil euros también), va y la encuentra al fin casi por casualidad “¡Allí mismo estaba! ¡Al lado de mi coche!” ¡Menos mal!

Aunque esta historia con bicicleta seguro provocará alguna que otra sonrisa, incluso puede que risa y hasta contagiosa, está escrita con todo el cariño, admiración y respeto por el deporte de la bicicleta en general, y por el amigo Juanillón en particular, al que le rindo mi humilde homenaje. Y es que como dijo el novelista, H.G. Wells, autor del El hombre Invisible entre otras novelas de ciencia ficción, "Cuando veo a un adulto en una bicicleta, no pierdo las esperanzas por el futuro de la raza humana". Pues lo mismo me pasa a mí cuando veo en bici a personas como Fernando Hernández, y esto no es ciencia ficción, sino real como la vida misma.




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HISTORIAS CON BICICLETAS (II). TORNOS DE NO RETORNO O MAÑANA DE LUNES


miércoles, 14 de mayo de 2014

HISTORIAS CON BICICLETAS (II). TORNOS DE NO RETORNO O MAÑANA DE LUNES













Aunque cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia, éste no es el caso de nuestra historia de hoy, porque los hechos acaecidos tienen lugar, hora y hasta protagonistas con nombre y apellidos. Él, un joven arquitecto; ella, una bicicleta de paseo de corte moderno, muy acorde con el propio look urbano de nuestro protagonista y fiel compañera de viaje, pues juntos van a diario a Sevilla en tren de cercanías. Decía  Christopher Morley que "Seguramente la bicicleta será siempre el vehículo de los novelistas y los poetas". Puede que así sea, y es que mi amigo un buen día me confesó que pertenece a la “Poesía Secreta”, un desconocido y selecto club cuyos socios se dedican a escribir poesía para sí mismos por puro deleite y que nunca publican el resultado de su creatividad.

Pues bien, fue lunes cuando pasó lo que le pasó. Una mañana que se le hizo larga, muy larga. La tarde anterior, tras recuperar su cansancio con una ligera siesta, y después de dedicar también toda noche del domingo al estudio de sus exámenes finales, se da una ducha y se pone lo primero que encuentra, que es ropa deportiva blanca, y hasta ropa interior del mismo color se pone, de pura coincidencia. Mirándose piensa “pues no que parezco que voy a una fiesta ibicenca” y sonríe. Pero la mañana llega y el despertador le hace una trastada, o realmente estaba muy cansado. El caso es que se pone un pantalón azul oscuro casi negro, bastante desgastado pero una de sus prendas favoritas, una camiseta y tardando lo mínimo sale que se las pela en su bici camino de la estación.

Después de sacar rápidamente su billete en la máquina expendedora y tras pasar por los recién instalados tornos de acceso y salida, observa que su tren está en el último andén, y para allá que sale corriendo. Baja al túnel y una vez vuelve a salir a la superficie, se da cuenta de que el tren se va, que se está yendo, que lo ha perdido, vaya. ¡Comienza bien la semana!  Resignado, se sienta en un banco y se dispone a comenzar la lectura de una nueva novela, pero en ese momento se le cae su marcapáginas al suelo. Sin levantarse del banco, junto a su compañera de viaje, estira el brazo izquierdo para recoger del suelo su marcapágina, y en ese estiramiento corporal lateral oye el inconfundible sonido-ruido de la rotura de una tela, la de su querido pantalón: Desgarro entre perneras, zona inguinal, trayectoria única entre diez y doce centímetros de profundidad. Y lo peor de todo es que se ve desde lejos el  blanco reluciente de su ropa interior por la rotura del malogrado pantalón. ¡Vaya tela! ¿Y ahora qué?

Mientras valora la dimensión y efectos del daño, se le han quitado ya las ganas de leer. Además, tampoco puede volver de nuevo a su casa: los tornos son un obstáculo para volver a salir (“tornos de no retorno”,  en clave poética). Así que no le queda más remedio que tomar el próximo tren pensando en cómo solucionar su inminente problema o contratiempo: comprar un pantalón nuevo, adquirir sólo un slip color negro y disimular, o no hacer nada y no moverse en toda la mañana una vez se siente en la Escuela. Ya en la capital, valiente él, se dirige a su destino subido en su exclusiva bici, con lo que la dimensión del rajón de su maltrecho pantalón puede ir y de hecho va en aumento. Sabiendo que piensa mejor con el estómago lleno, en su cafetería de referencia pide el desayuno especial de la casa,  de esos que te ponen tostada completa con todos sus avíos, café y zumo. Así de camino  hará tiempo para que abra el comercio de chinos que hay en la zona, pues como es sabido (o eso creía él) en los chinos hay de todo.

A las nueve, con puntualidad británica,  abre el establecimiento de origen asiático de la misma China. Espera un poco a que un joven dependiente, que ha podido comprobar apenas entiende ni habla el castellano, encienda las luces y se coloque detrás del mostrador. Entra, divisa el variadísimo género de forma rápida pero analítica y ve que pantalones de vestir no tiene, si acaso unos coloridos y floridos pantalones como de chándal. ¿Y calzoncillos o slip negros? Sólo para niños, y bien pequeños. Intentar ponerse semejante miniatura le habría dejado sin circulación sanguínea de cintura para abajo, con riesgo grave para su salud y peligro cierto de su futura procreación. ¡Dios mío! ¿Y si compro hilo, aguja y hago un apaño? El set de hilo y agujas que vendían allí no era para un apaño concreto, sino para el de un ejército completo. No venden una aguja y una bobina, no, venden un set con cantidades industriales de distintos tamaños y colores de unas y otras.

Cada vez más nervioso nuestro apurado amigo, no sabía que estaba a punto de rematar la faena cuando hace su entrada en el local el supuestamente padre del joven dependiente. Al preguntarle por un pantalón como el que lleva puesto hace gestos negativos con la cabeza. Señalando una aguja e hilo, igualmente ofrece negativas. Y entonces, al bueno de mi amigo no se le ocurre otra cosa que mostrarle de forma explícita al chino su pantalón roto y señalarle el color blanco de su ropa interior que resplandece sobre fondo oscuro de pantalón. ¡NO, NO, NO! Decía gritando el chino haciendo aspavientos con los brazos acompañados de enérgicos movimientos negativos de su cabeza ¿Qué pensaría el hombre? Mi amigo, colorado como un tomate, y bastante abatido, sale a la calle, coloca la bicicleta en el bicicletero, la asegura por si acaso con doble cadena (sólo faltaba que hoy se la robaran), y resignado entra en la primera clase del día, andando disimuladamente  y sentándose con las piernas muy juntas ¡Vaya día!

Pero como mi amigo es un hombre de recursos, ya más tranquilo y con cierta perspectiva, determina que si hay que coser, se cose. Al pasar delante de la copistería y papelería de la Escuela (Técnica Superior de Arquitectura) camino de su clase, la escena del momento le dio la solución: una chica poniendo grapas a varios cuadernos de apuntes. Pues eso mismo: hace unas fotocopias que necesita, pide la grapadora, y ¡ahora te la devuelvo en un momento! Se va al servicio, se quita el pantalón y con mucho cuidado pespuntea grapa a grapa la rotura del pantalón hasta hacerla desaparecer. “Bien, no se mueve nada, no se ve lo blanco”. Y así esboza su primera media sonrisa, más o menos satisfecho de la  solución encontrada, que aunque provisional y con fecha de caducidad inminente, le servirá para acabar su agitada mañana sin más incidencias. ¡Menos mal!

No le contó nada a nadie y aguantó estoicamente hasta el mediodía. Nada más llegar a su casa, tiró la prueba de sus peripecias por estar más que amortizada la prenda, y cuando me lo contó todo con todo lujo de detalles unos días más tarde, ni él ni yo dejamos de reírnos a carcajadas y a lágrima viva un buen rato con sus tribulaciones, sobre todo imaginándome yo la cara del chino ¡NO NO NO! ¿Qué pensaría que le estaban pidiendo? ¡Están locos estos españoles! En fin, cosas que pasan. Termino esta historia con bicicleta con una frase de Conan Doyle, que aunque muy buena, no siempre y en todo momento es aplicable, como por ejemplo a mi amigo en aquella mañana del mes mayo: "Cuando el día se vuelva oscuro, cuando el trabajo parezca monótono, cuando resulte difícil conservar la esperanza, simplemente sube a una bicicleta y date un paseo por la carretera, sin pensar en nada más". 

lunes, 30 de diciembre de 2013

HISTORIAS CON BICICLETAS (I). EL TAPER DE ESPINACAS CON GARBANZOS Y LA CHUPITA DE COLOR AZULINO



















Las bicicletas no sólo son  para el verano, y contradigo con ello el título de la obra de teatro de Fernando Fernán Gómez y la película del mismo título de Jaime Chávarri. Como una demostración científica vamos a certificar tal aseveración, pues en torno a nuestro vehículo de dos ruedas de propulsión humana, donde el pasajero es a la vez motor, ocurren historias en todas las estaciones del año, aunque cierto es que en verano, y también en primavera, con el buen clima siempre hay más tiempo y mejor disposición para dar un paseo ciclista, o biciclista, como decía un niño amigo mío, con la posibilidad incrementada en altos porcentajes de probabilidad de que sucedan no una, sino múltiples historias.

Esta historia que les cuento a ustedes en esta ocasión pasó no hace mucho a una buena amiga, lo cual creo que es una redundancia, porque si es amiga se le supone buena, aunque bueno,  me estoy metiendo en un buen jardín. Digamos que le pasó a una amiga, sin más. Como iba diciendo, los hechos acaecieron en pleno otoño,  en una mañana de las que amanecen bien frías, aumentada  la sensación  térmica por la falta de costumbre y por un viento muy desagradable. Son de esas mañanas en las que a medida que transcurren las horas y el sol hace su aparición, hay un momento en el que empiezan a sobrar algunas prendas de vestir, prendas  de las es mejor no desprenderse, porque la tarde, y sobre todo la noche, llegarán irremediablemente para echarlas en falta, y además con el riesgo cierto e inminente de acabar pillando en caso ausencia de tales (las prendas) el primer resfriado de la temporada.

Mi amiga, que como la inmensa mayoría de los mortales estamos adaptándonos a los momentos que nos está tocando vivir, y donde ir de tapas o restaurantes se mide de forma cada vez más ajustada (o falta dinero o sobra mes), había previsto almorzar con un grupo de otras tantas féminas, para lo cual en casa de una de ellas habían previsto llevar cada una algo cocinado previamente. La anfitriona gastrónoma vive en un extremo de la ciudad de Sevilla, y mi amiga en el otro, digamos que a un buen paseo, que por carriles bici y bici de alquiler, a no más de media hora. Así que hacia allá se va ella, con un taperware en la cesta de la bicicleta y conteniendo el mismo las mejores espinacas con garbanzos que hasta el momento le habían salido, “buenísimas”, según me dijo.

Marina, que así se llama mi amiga, pedaleando llevaba un rato cuando el sol convierte el agradable paseo ciclista en un viaje un tanto acalorado. Se detiene un momento, y se despoja de su chupita de cuero, que estaba provocando, de forma lógica, algo parecido a un efecto invernadero en mi ciclista amiga. Adviértase que la chupita no era de cualquier color, sino de color azulino, no azul, celeste o turquesa, sino azulino, matiz o apreciación de color casi imposible para la percepción masculina, pero que para el género femenino es clarísimo distinguir y clasificar, como fácilmente diferencia el color carne del beige, o el malva del morado, por poner algunos ejemplos de tan significada habilidad cromática. Con todo ello, se quiere poner de manifiesto, además,  la exclusividad de la prenda, toda una chaquetilla o torera  de cuero de color azulino, y que posicionó en la misma cesta justo encima de su exquisito y tradicional plato de cocina andaluza, las espinacas con garbanzos.

Pues bien, llegada a su destino y aparcada la bicicleta en el espacio habilitado reglamentariamente, y quizás aún un poco mareada y seguro que cansada por el pedaleo bajo el sol, cuando alcanza la última planta del edificio y delante de la puerta del piso de la anfitriona, echa en falta aquello que traía y que se ha dejado olvidado en la mencionada cesta. Vuelve al callejero parking de bicis, ahora corriendo a buen ritmo (sólo le faltó nadar en el río Guadalquivir para completar todo un triatlón), y a unos metros de su alquilado vehículo respira algo más tranquila al ver su exclusiva chupita, pero ya más cerca, al tomarla de la cesta, se da cuenta que ya no hay nada más debajo: ¡habían desaparecido las espinacas con garbanzos!

La cara de mi amiga cuando me lo contó era una mezcla de asombro o de perplejidad mezclada con la sensación de gratitud por no haber sido desposeída de una de sus prendas favoritas. A la misma vez, recordaba recreándose en su creación culinaria, y se alegraba al menos por el hecho de que alguien que seguramente lo necesitaba mucho más se habría alimentado por lo cocinado por ella con tanto esmero, esperando  al menos, eso sí, que esa persona disfrutara, sola o en compañía, de sus buenísimas espinacas con garbanzos, alguien que tuvo el detalle o deferencia de dejarle a ella seguir disfrutando de su preciada y excluida chupita de cuero azulino.

En fin, como dijo Albert Einstein una vez, o puede que más veces, “La vida es como montar en bicicleta. Para mantener el equilibrio hay que seguir pedaleando”. 


¡Felices Fiestas de Navidad y Buen Año 2014!